Pirámides

El papel del estado en la economía es algo que se supone resuelto desde la formulación de John M. Keynes del mecanismo de la demanda agregada. Simplificando, para Keynes el equilibrio entre la oferta y la demanda en el mercado casi nunca responde a un valor óptimo debido a la existencia de variables que lo distorsionan. Esta ineficiencia sistémica es la causa de que existan crisis, pobreza y una reducción del crecimiento potencial. 

Para romper ese círculo vicioso, el estado debería impulsar el consumo público y privado. Con más consumo las empresas obtienen beneficios, lo que permite inversiones y empleo, un incremento adicional de la demanda y mayor recaudación de impuestos para disponer de servicios públicos. Un exceso de consumo puede generar otros problemas pero los estímulos funcionan, como prueban las billonarias aportaciones de los bancos centrales de la última década.

Si parece que esto es un asunto muy moderno, podemos volver al mundo de hace 46 siglos, cuando el antiguo reino de Egipto erigió una serie de obras monumentales, entre las que destaca la Gran Pirámide, el edificio más alto construido por el hombre hasta hace dos siglos, con 138 metros y que necesitó de recursos literalmente faraónicos. 

Según el historiador griego Herodoto, las obras duraron 20 años y emplearon a unos 30.000 trabajadores directos. Sumando los trabajadores de suministros, transporte y auxiliares, resultaría casi el 5% de la población total de Egipto de aquella época y habría supuesto 2.500 millones de horas de trabajo.

Se suele oír que Egipto fue el imperio más rico de su época y por eso fue capaz de erigir tal prodigio. Pero un paseo por la visión keynesiana y una pizca de antropología, mostraría que invertir la causa y el efecto resulta más verosímil: Egipto fue el reino más próspero de la antigüedad justamente porque construyó las pirámides.

Sumando a los trabajadores directos sus familias o allegados, resulta muy prudente suponer que algo más del 10% de la población egipcia vivía directamente de la construcción de la gran pirámide y casi la mitad de la población total de manera indirecta. Esas personas debían de ser alimentadas y mantenidas por unas infraestructuras agrícolas, ganaderas y comerciales complejas capaces de satisfacer una gran demanda durante años. La movilización de recursos implicó artesanos, fabricantes, comerciantes y servicios personales de todo tipo. Además, aumentó el prestigio del estado y generó un destacado desarrollo tecnológico asociado a una obra tan innovadora. Es el llamado despotismo hidráulico, modelo común en los imperios antiguos.

Cuando hoy se debate sobre los sectores de nuestra economía que en circunstancias excepcionales deben ser salvados con fondos millonarios, como el automóvil o el sistema bancario, se justifica con argumentos de multiplicador de demanda agregada, como los que se activaron en el antiguo Egipto. Aunque la escala haya crecido con los años, desde luego.

El Tribunal de Cuentas de España ha cifrado en 122.754 millones de euros los fondos públicos empleados en el rescate a las entidades bancarias españolas a través del FROB, la SAREB y el FGD entre 2009 y 2018. Eso supone un coste equivalente en salarios de 6.819.667 Unidades de Trabajo Anual (UTA). Repartidos en 20 años, resultarían 340.893 trabajadores al año, más de 11 veces los empleados por el faraón Keops para construir su pirámide.

Suponemos que nuestra economía mejoró gracias a arrojar tal gasto gigantesco a este inmenso agujero negro. Keynes citaba el ejemplo de las pirámides como un recurso pedagógico muy del humor inglés. Construir monumentos o enterrar oro y volverlo a sacar hace que funcione el sistema pero es preferible desde luego cualquier otro tipo de inversión productiva o de servicios esenciales: sanidad, educación , infraestructuras…

Al menos los egipcios legaron una maravilla para la posterioridad.

Antonio León

@antoleonsan

Un extracto de este artículo fue publicado en el número de febrero de 2022 en la revista PLAZA

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