Tabús y tabúes

Prohibir algo es despertar el deseo.
Michel de Montaigne

Es habitual que entre amigos, en reuniones familiares o en foros de internet, quede establecida la prohibición -tácita o expresa- de tratar algunos temas, especialmente religión y política. La religión parece la cuestión más sensible, si atendemos a las ubicuas tertulias de televisiones y radios en las que, de manera casi obscena, la política mal entendida es la única materia de opinión y debate.

Otros asuntos normalmente prohibidos son los que tienen que ver con el sexo, el uso de palabrotas o cualquier otro que el grupo en el que se habla considere “delicado”, eufemismo que viene a significar que algo puede romperse, ya sea una amistad o la cabeza de alguien.

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Aunque el pecado original y la historia de la iglesia tengan su origen en la prohibición divina sobre un fruto, no hablaremos ahora de religión ni de política, pero sí de lo que comparten estos espinosos asuntos, la prohibición social en sí, que todos reconocemos con la palabra de origen polinesio que la define: tabú.

Según el diccionario de la Real Academia Española, tabú es la condición de las personas, instituciones y cosas a las que no es lícito censurar o mencionar. Otra acepción, más cercana a su significado original, habla de la prohibición de comer o tocar algún objeto por motivos religiosos. Parece raro que no existiera una palabra así en una cultura milenaria como la nuestra que siempre se ha caracterizado por establecer regulaciones y prohibiciones a diestro y siniestro.

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Para la inquisición, por ejemplo, no había tabú, sino pecado, un asunto feo que podía convertirse en delito. Pecado y tabú comparten significado pero en el pecado se puede caer y salir mientras que el tabú es un territorio prohibido. El pecado lo establece la religión pero puede ser aceptado por las personas que no la profesan. Por el contrario el tabú es universal en el ámbito social y las consecuencias de violarlo son impensables. Pero no hablemos de religión… ya hemos visto que es tabú, así que mencionaremos otros casos.

El suicidio, cuyo estudio estuvo en el nacimiento de la antropología social académica (1), es un buen ejemplo de tabú mediático, con una marcada invisibilidad pública pese a lo constante de su tragedia: 3.870 personas se quitaron la vida en España en 2013 según datos del INE, de las cuales más del 75% fueron hombres. Comparen esa cifra con las 1.807 víctimas mortales en accidentes de tráfico en el mismo periodo y entenderán la dimensión de este escondido drama colectivo, intensificado además en tiempos de crisis.(2)

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Hay otros tabús en apariencia más leves pero igual de letales. La ignorancia siempre es mala, pero la prohibición establece una ceguera social que induce errores colectivos de consecuencias graves y duraderas. Recordemos que la característica básica del tabú es una obligación de no hacer, no tocar, no saber. Es un mandato social e invisible para inhibirse de ciertos asuntos. Y así descubrimos que los tabúes nos dominan.

Porque no cuestionamos, aunque digamos otra cosa, que el derecho a la propiedad esté por delante del derecho al bienestar de las personas. Porque admitimos, aunque no la practiquemos, que la elusión fiscal es aceptable y hasta elogiable. Porque miramos hacia otro lado cuando conocemos que las grandes empresas, las mismas que fijan retribuciones millonarias a sus directivos, cotizan de media alrededor del 7% en el impuesto de sociedades.(3)

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Tabú es que ciertas personas físicas o jurídicas, especialmente vinculadas con el dinero y el poder, no sean denunciadas o investigadas por miedo -tabú en estado puro- a perder un ascenso, ingresos publicitarios o a decisiones de sus consejos de administración. Tabú es la opacidad disfrazada de una falsa discreción que no nos beneficia sino que nos condena.

Algo habría que hacer, aunque sea a nivel personal, con este tipo de tabús… Por cierto, qué forma es la correcta del plural ¿tabús o tabúes? Pese a su nombre, la RAE es mucho más abierta y liberal de lo que se cree: ambas formas son igualmente válidas.

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Un extracto de es artículo fue publicado en el número de junio de 2016 de la revista PLAZA.

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(1) Emile Durkheim, El suicidio. Estudio de Sociología. (1897)

(2) Pueden consultar las estadísticas sobre suicidio en España en >ESTE ENLACE< del Instituto Nacional de Estadística (INE). En 2015 el INE publicó una nota sobre causas de la muerte en España con datos actualizados de 2013. La nota puede consultarse <AQUÍ<

Para una mayor información sobre este dato, pueden consultar el artículo: “¿De qué muere la gente en España?”  en este mismo blog.

(3) Según un informe del Sindicato de Técnicos del Ministerio de Hacienda (GHESTA) publicado en 2014, el tipo medio de cotización de las grandes empresas fue del 3,5% en el año 2011, casi cinco veces menos que el tipo medio de las PYME. Según datos de la Agencia Tributaria, en 2014 el tipo medio había subido al 7,3%, muy lejos todavía del tipo medio al 20% de las PYME y del 30% que fija la ley del impuesto de sociedades. En estas informaciones se reflejaba así mismo que el 80% de las grandes empresas operaba en paraísos fiscales mediante filiales.

 

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La solución milenaria

“No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles,
pero son difíciles porque no nos atrevemos a hacerlas”
        Lucio Anneo Séneca

La innovación es una de esas cosas sobre la que se escribe mucho pero que a la vez, salvo para los que se dedican a ella, se percibe como difusa y lejana en lo cotidiano de la mayoría de las personas. Aunque la innovación es una idea que transmite positividad, en general resulta desconocida o poco concreta. Y esto es paradójico por lo que podrá leer a continuación.

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Cada año se publican miles de libros que hablan de innovación, se celebran congresos, conferencias, entrevistas y premios donde la innovación es protagonista. La innovación parece la panacea, la esencia del progreso y la prosperidad de las empresas, los individuos y la sociedad entera. Pero ¿sabemos lo qué es la innovación?

Se suele identificar a la innovación con el cambio, pero en realidad la innovación no es el cambio sino la adaptación al mismo. Es una idea con base biológica, asociada al concepto de evolución en los términos expuestos por Darwin y Wallace. La innovación es la esencia de la vida, la materialización de la respuesta a un reto, consecuencia y efecto de la lucha por la supervivencia. Sin adaptaciones, plantas y animales, habrían desaparecido si es que alguna vez hubieran existido. La innovación registrada en sus genes les hizo responder a cambios, sutiles o catastróficos e hizo llegar la vida hasta hoy.

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En otro plano, la innovación ha jugado un papel clave en la historia humana, donde la cultura abre un espacio más allá de la biología. La historia humana es la historia de las innovaciones desarrolladas, desde la edad de piedra hasta nuestro presente digital. Somos seres protésicos y lo que nos hace humanos es utilizar herramientas y máquinas. Por eso identificamos automáticamente herramienta con innovación: producir y consumir es fruto directo de la innovación, como lo es nuestra propia pervivencia.

En economía, el concepto de innovación gana en complejidad y valor. El economista Joseph Schumpeter trazó una de sus definiciones más inspiradoras, que la conecta estrechamente con la figura del emprendedor. En el capitalismo hay personajes buenos y malos: el emprendedor es el héroe, el que asume riesgos, el que crea y transforma la realidad.

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Nuestra economía, nuestro potencial bienestar, depende de la existencia de emprendedores que utilizan la innovación como mecanismo de competitividad y crecimiento. Aunque el protagonista de la historia es el emprendedor, la innovación es la causa de que la acción del emprendedor se transforme en progreso económico. Sin innovación, no habríamos descubierto ni siquiera la agricultura.

La innovación en sentido económico se relaciona directamente también con otro concepto estrella de nuestro tiempo: la I+D. El acrónimo habitual de I+D+i nos aporta un jeroglifo que nos lo explica: la I+D es convertir el dinero en conocimiento, la innovación es convertir el conocimiento en dinero.

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Es fácil ver la diferencia entre la innovación, que optimiza recursos y mejora las condiciones del sistema, y algo tan de nuestra cultura como es la chapuza. Sí, la chapuza puede resolver un problema por algún tiempo, pero la baja calidad de la solución y sus seguros efectos secundarios hacen que consideremos a la chapuza como un recurso perfecto solo para el humor.

Suele pensarse que la innovación es siempre tecnológica pero esto no es así. Como insistía Schumpeter, puede haber innovaciones en gestión, en diseño, organizativas o comerciales y todas se ajustan a la idea y naturaleza de la innovación: la adaptación al cambio para ganar el mañana.

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Hay definiciones formales de innovación que respaldan estas razones. La que aporta el Manual de Oslo de la OCDE, por ejemplo, o la de la propia Unión Europea que, en su lado luminoso, proclama que “la innovación es sinónimo de producir y explotar con éxito una novedad, en las esferas económica y social, de forma que aporte soluciones inéditas a los problemas y permita así responder a las necesidades de las personas y de la sociedad. Por esto los presupuestos comunitarios incluyen muchos millones de euros para apoyarla.

Es por tanto deseable que los responsables de mejorar nuestro presente y nuestro futuro trabajen por la innovación y que todos seamos conscientes de lo que nos jugamos a nivel colectivo e individual en este nada difuso ni lejano asunto de ser innovadores.

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“El hombre no puede descubrir nuevos océanos
a menos que tenga el coraje de perder de vista la costa.”
André Gide

 

 

Extracto del artículo publicado en la revista PLAZA en su número de mayo de 2016.

 

El nombre de las cosas

Conocemos las cosas por su nombre pero, esos nombres que sabemos y que decimos ¿son sus verdaderos nombres? Disculpen esta pregunta zen, nada más empezar, pero esta cuestión es el quid del asunto que paso a exponer.

Nuestro pensamiento viene condicionado por la realidad percibida a través de nuestros sentidos. Una vez percibidas, nuestras experiencias se hacen recuerdo. El pensamiento debe diferenciar unas cosas de otras y luego tener la llave para recordarlas y asociarlas. Esa llave que sirve para unir y pensar son justamente los nombres, de manera que el asunto de nombrar las cosas tiene una importancia trascendental.

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La intuición apunta a que cuanto más cerca estemos de definir las cosas de acuerdo a su verdadera identidad, esto es, su verdadero nombre, más cerca estaremos de conocer la realidad. Una denominación equivocada aporta falsedad y error, en definitiva, problemas.

A la búsqueda del verdadero nombre de las cosas se dedicó la tradición cabalística y alquímica, empezando por el arduo trabajo de conocer el del propio nombre de Dios, que abriría el de todo lo demás. En el Génesis, Yahvé crea las cosas al nombrarlas, del mismo modo que la ciencia nace al clasificar la realidad y explicarla.

No hace falta ir a la cábala ni a la filosofía para darse cuenta de que la realidad cotidiana es un lugar donde los nombres definen toda la escala humana siendo las palabras las palancas con las que se mueve el mundo. No en vano nada más llegar, o incluso antes, nos bautizan. Y al conocer a los otros, lo hacemos por su nombre. Los antiguos ya avisaron de que el nombre define la realidad y declararon que Nomen omen: el nombre es el destino.

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El poder controla el diccionario y es obvio que sucede también al revés: quien fija los nombres, crea la realidad, como el dios bíblico. Este anillo de poder determina que para decir algo en la sociedad se debe desarrollar una nomenclatura propia. Es la principal razón de la existencia del slang, de la jerga de profesionales o grupos sociales: apropiándose de los nombres se rige la materia y el espacio que se quiere controlar.

En el ámbito del marketing, la técnica dirigida a encontrar el mejor nombre de algo se conoce como naming. El naming ha sido un elemento sustancial del diseño y el marketing desde siempre. En un mercado donde siempre falta información y sobra incertidumbre, el nombre identifica, diferencia, singulariza desde la memoria. Denominar adecuadamente un producto, una empresa o un proyecto es clave como demuestra que la historia económica -y la otra- sea un un legado de nombres memorables.

Las empresas necesitan del nombre adecuado para triunfar en el mercado; por eso al reconocimiento comercial se le llama “buen nombre” y cuando evoca la fama se dice que es algo de “renombre”.

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En la medida que su producto y su marca acierte las necesidades y deseos del consumidor, la empresa realizará ventas y el recuerdo de sus nombres fidelizará ventas futuras. Esas expectativas que materializan una compraventa son en realidad una destilación de contenidos culturales, la materia que analiza la antropología.

Los nombres tienen el poder de conectar los deseos con las cosas que los satisfacen. Nombres que enlazan significados y evocan sentimientos y pasiones: los botones que actúan sobre la voluntad, la acción y el consumo.

Queda claro también el por qué de esos nombres oscuros que buscan sostener el poder y el control social. El por qué el BCE denomina “Expansión Cuantitativa” (QE) a la compra masiva de deuda pública o el gobierno insiste en hablar de “Reformas” al referirse a la pérdida de derechos sociales; o cuando los “expertos” piden “Flexibilidad”, para no decir sueldos bajos y despidos.

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Lo mismo que otros dicen “Casta”, “Procés” o “Legalidad”. Quieren decir otras cosas, evocar significados que obvien lo que muchos saben pero pocos quieren nombrar. El naming, en efecto, se utiliza en muchas partes y constantemente.

¿Entienden ahora la pregunta con la que comenzaba este artículo?

 

 

 

Artículo publicado en la revista PLAZA del mes de marzo de 2016.

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* Para una mayor profundización en el tema del naming y la importancia del nombre en una empresa, organización o proyecto, pueden consultar las entradas Naming (1): nomen omen, el nombre es el destino y Naming (2): cómo crear el mejor nombre en este mismo blog.

@antoleonsan

 

Lo que la comida esconde

Alimentarse es una necesidad básica de todo ser vivo para mantener su metabolismo y construir su estructura celular y orgánica. En el ser humano, además, esa necesidad se hace industria y cultura, economía y política. El modo en que la sociedad se ha organizado para producir y distribuir alimentos es la variable maestra que ha definido cada grupo humano desde los tiempos en que empezamos a considerarnos personas.

Las cosas que comemos, la manera en que las producimos y el modo en que las preparamos, revelan un universo cultural alrededor de la alimentación presente en cada momento de nuestra existencia. Reuniones familiares, comidas de negocios o cenas románticas, nos hablan de una constante tan fuerte como la ley de la gravedad. Puede que no vivamos para comer pero, evidentemente, vivimos comiendo -y gracias a eso- y nuestras actividades cotidianas o extraordinarias discurren a través de banquetes, tapas o bocadillos.

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En 2013 se hizo público que en unas hamburguesas preparadas con destino a media Europa, aparecían restos de caballo. La carne de caballo es comestible, pero en este caso, además de una estafa, resulta tabú para algunas personas. A raíz de este caso se supo que en determinados preparados cárnicos se habían encontrado proteínas procedentes de 10.000 individuos diferentes. Teniendo el mejor jamón del mundo, ¿podemos imaginar un embutido con trozos de 10.000 cerdos?

Este dato puede dejarnos atónitos pero no indiferentes. Como consumidores debemos exigir la excelencia de los alimentos que consumimos y que podamos verificar que compramos lo que dicen que nos venden. Y esto tiene una trascendencia sobre la que convendría reflexionar.

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Somos lo que comemos, cada célula de nuestro cuerpo fue alguna vez un alimento que visitó nuestro estómago. La calidad de lo que ingerimos determina la calidad de nuestro propio organismo, porque tarde o temprano serán la misma cosa. Más aún, la forma en que ese alimento llega a transformarse en nosotros requiere de un sistema de organización social y económica que determina nuestra vida diaria, lo que incluye, por ejemplo, las oportunidades de empleo, el uso de recursos naturales o las políticas públicas que regulan todo lo anterior.

En efecto, los materiales que constituyen los ojos y las neuronas con los que lee este artículo provienen de un antiguo filete o un sabroso cocido, cuyos ingredientes se sujetaron a ciertas reglas de producción, comercialización y uso, todo ello determinado por una cultura milenaria pero también por decisiones de legisladores y gobernantes, responsables últimos de garantizar que la población obtenga la mejor alimentación posible.

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La industria valenciana del sector alimentario ha sido un ejemplo de innovación y adaptación en la producción y distribución de alimentos. Innovación y adaptación que explica que tengamos empresas líderes en este área y la existencia de un amplio censo de cooperativas, con la conexión social y cultural que ello evidencia. A esto se añaden sectores conexos como el químico o el de embalajes así como el papel preponderante del turismo que, a través de la restauración, supone una importante fuente de riqueza y empleo.

La forma en que nos alimentamos dice mucho de nuestra historia como sociedad, de nuestros temores y esperanzas. Habla del estado de la tecnología, de la relación con el entorno y de nuestra forma de entender el mundo. Por eso la paella es mucho más que una receta: es el símbolo de nuestra cultura, la síntesis de miles de años de vida mediterránea, el arquetipo del ser valenciano.

Recuérdelo la próxima vez que disfrute de este símbolo vivo de nosotros mismos.

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Paella de verduras, pato y ajos tiernos. Cullera (Valencia)

 

@antoleonsan

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Artículo publicado en el número de diciembre de 2015 de la revista PLAZA.

Algunos de los aspectos tratados en esta artículo fueron considerados con más detalle en el artículo “Bueno para comer”, que puede consultar AQUI<

La demanda paradójica

Una de las leyes económicas más conocidas es la de la oferta y la demanda. Incluso en las sociedades donde se discute su existencia, cimenta el conjunto de las reglas sociales y es uno de los mecanismos básicos del comportamiento humano. Esta fundamental “ley del mercado” se enuncia de manera tan sencilla como se percibe: allí donde crezca la demanda de algo, el precio de ese algo se elevará; y lo contrario para la oferta.

Por simetría, subidas o bajadas de precios determinarán menores o mayores demandas y resultará más o menos atractivo vender por la razón contraria. De este modo, la oferta y la demanda se acaban encontrando en un punto de equilibrio, el precio de mercado.

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No hay ningún misterio en este proceso y todos sabemos que el comprador busca comprar cuanto más barato mejor, mientras el vendedor intenta aumentar su margen vendiendo al mayor precio posible.

Sin embargo, existe una clase de bienes que no sigue este proceder y que se comporta exactamente al revés. Se trata de los bienes Veblen, llamados así por el economista Thorstein Veblen, que los estudió y que teorizó sobre ellos. Un bien Veblen es aquel que se demanda más cuanto más sube su precio y menos cuando éste baja.

Este comportamiento paradójico atenta contra el axioma básico de la economía que veíamos al principio y hace dudar de la universalidad de las leyes del mercado. Y esto nos lleva automáticamente a la gran pregunta sobre sistema basado en el flujo de producción y consumo: ¿por qué compra la gente?

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La explicación clásica es que la gente compra porque obtiene una utilidad de los bienes o servicios que consume. Esta utilidad viene limitada por la cantidad y sobre todo por el precio. Entonces, ¿por qué los consumidores compran ciertas cosas cuanto más alto es el precio? Esto no lo explica la economía sino la psicología y la antropología.

Comprar no solo cumple una función necesaria para el consumo básico sino que responde a la satisfacción de un conjunto de deseos muy amplio que a nivel individual incluye la supervivencia, la salud, el placer, la felicidad, el confort o la inmortalidad. Pero el ser humano es un animal social y el individuo necesita también valores y símbolos que le aporten estatus y significado dentro de esa sociedad.

Los bienes Veblen ­que no se corresponden necesariamente con los bienes de lujo­ son la bandera del éxito que enarbolan sus compradores, el signo de notoriedad que les permite marcar diferencias y ganar respetabilidad, distinción y poder social. Gabrielle Coco Chanel, que de esto sabía bastante, lo definió perfectamente: “El lujo es una necesidad que empieza cuando acaba la necesidad”.

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Se puede pensar que un bien Veblen es algo extraño, una curiosidad estadística desdeñable.

Pues no, todo lo contrario. En cualquier semáforo transitado de una gran ciudad europea, por ejemplo, podrá percibir a su alrededor abundantes bienes Veblen en forma de automóviles, normalmente de marca alemana y precio desorbitado.

No sólo no son una rareza estadística, verá que son muy abundantes y que además son ampliamente deseados. Una oportunidad que explotan las empresas que entienden dónde está el margen y donde el tirón de una demanda que cuanto más paradójica es, más rentable resulta.

En periodos de crisis y pérdida de renta los bienes de mercado “normales” registran caídas en sus ventas pero los bienes Veblen conocen ascensos. Ya saben que desde el inicio de la crisis el número de ricos ha aumentado y en consecuencia la desigualdad, se mida como se mida. Los ricos cada vez son más ricos y la diferencia con los no ricos se hace mayor. Es el terreno abonado para la adquisición de bienes que garantizan que esa desigualdad se reconozca socialmente.

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La mayoría de la población recurre necesariamente a las marcas blancas y el mercadillo pero para la clase pudiente es tiempo de incrementar las compras de vehículos de gama alta, de exclusivos artículos de decoración, de lujosas marcas de ropa y complementos, de conversión de la alimentación básica en sofisticación gourmet y de artículos premium de todo tipo que son más demandados cuanto mayor precio tienen.

Observamos una sorprendente paradoja: es como si en la economía de mercado real quienes más provecho obtienen de ella, menos dispuestos están en la práctica a cumplir sus leyes. Cuando en los medios de comunicación vemos a diario grandes escándalos de dirigentes, políticos y empresarios que se han saltado olímpicamente la legislación penal no debería realmente extrañarnos que no se saltaran lo que no es sino unos axiomas teóricos bastante discutibles.

Luchando aún por salir de la crisis económica, no deberíamos olvidar los años de vino y rosas en que los especuladores se burlaban de quienes invertían en producir y emprender por su baja tasa de retorno a corto plazo.

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Veblen, por cierto, atribuía la demanda de estos bienes paradójicos a la existencia de una clase “ociosa” que, en vez de invertir de manera productiva, dedicaba la plusvalía al consumo de artículos suntuarios.

Llamativo que la gran mayoría de estos productos provengan de esa rica Europa germánica y de moral calvinista que tanta contención y austeridad exige a la pobre Europa periférica del sur.

Un extracto de este artículo fue publicado en el número de agosto de la revista PLAZA

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