El nombre de las cosas

Conocemos las cosas por su nombre pero, esos nombres que sabemos y que decimos ¿son sus verdaderos nombres? Disculpen esta pregunta zen, nada más empezar, pero esta cuestión es el quid del asunto que paso a exponer.

Nuestro pensamiento viene condicionado por la realidad percibida a través de nuestros sentidos. Una vez percibidas, nuestras experiencias se hacen recuerdo. El pensamiento debe diferenciar unas cosas de otras y luego tener la llave para recordarlas y asociarlas. Esa llave que sirve para unir y pensar son justamente los nombres, de manera que el asunto de nombrar las cosas tiene una importancia trascendental.

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La intuición apunta a que cuanto más cerca estemos de definir las cosas de acuerdo a su verdadera identidad, esto es, su verdadero nombre, más cerca estaremos de conocer la realidad. Una denominación equivocada aporta falsedad y error, en definitiva, problemas.

A la búsqueda del verdadero nombre de las cosas se dedicó la tradición cabalística y alquímica, empezando por el arduo trabajo de conocer el del propio nombre de Dios, que abriría el de todo lo demás. En el Génesis, Yahvé crea las cosas al nombrarlas, del mismo modo que la ciencia nace al clasificar la realidad y explicarla.

No hace falta ir a la cábala ni a la filosofía para darse cuenta de que la realidad cotidiana es un lugar donde los nombres definen toda la escala humana siendo las palabras las palancas con las que se mueve el mundo. No en vano nada más llegar, o incluso antes, nos bautizan. Y al conocer a los otros, lo hacemos por su nombre. Los antiguos ya avisaron de que el nombre define la realidad y declararon que Nomen omen: el nombre es el destino.

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El poder controla el diccionario y es obvio que sucede también al revés: quien fija los nombres, crea la realidad, como el dios bíblico. Este anillo de poder determina que para decir algo en la sociedad se debe desarrollar una nomenclatura propia. Es la principal razón de la existencia del slang, de la jerga de profesionales o grupos sociales: apropiándose de los nombres se rige la materia y el espacio que se quiere controlar.

En el ámbito del marketing, la técnica dirigida a encontrar el mejor nombre de algo se conoce como naming. El naming ha sido un elemento sustancial del diseño y el marketing desde siempre. En un mercado donde siempre falta información y sobra incertidumbre, el nombre identifica, diferencia, singulariza desde la memoria. Denominar adecuadamente un producto, una empresa o un proyecto es clave como demuestra que la historia económica -y la otra- sea un un legado de nombres memorables.

Las empresas necesitan del nombre adecuado para triunfar en el mercado; por eso al reconocimiento comercial se le llama “buen nombre” y cuando evoca la fama se dice que es algo de “renombre”.

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En la medida que su producto y su marca acierte las necesidades y deseos del consumidor, la empresa realizará ventas y el recuerdo de sus nombres fidelizará ventas futuras. Esas expectativas que materializan una compraventa son en realidad una destilación de contenidos culturales, la materia que analiza la antropología.

Los nombres tienen el poder de conectar los deseos con las cosas que los satisfacen. Nombres que enlazan significados y evocan sentimientos y pasiones: los botones que actúan sobre la voluntad, la acción y el consumo.

Queda claro también el por qué de esos nombres oscuros que buscan sostener el poder y el control social. El por qué el BCE denomina “Expansión Cuantitativa” (QE) a la compra masiva de deuda pública o el gobierno insiste en hablar de “Reformas” al referirse a la pérdida de derechos sociales; o cuando los “expertos” piden “Flexibilidad”, para no decir sueldos bajos y despidos.

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Lo mismo que otros dicen “Casta”, “Procés” o “Legalidad”. Quieren decir otras cosas, evocar significados que obvien lo que muchos saben pero pocos quieren nombrar. El naming, en efecto, se utiliza en muchas partes y constantemente.

¿Entienden ahora la pregunta con la que comenzaba este artículo?

 

 

 

Artículo publicado en la revista PLAZA del mes de marzo de 2016.

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* Para una mayor profundización en el tema del naming y la importancia del nombre en una empresa, organización o proyecto, pueden consultar las entradas Naming (1): nomen omen, el nombre es el destino y Naming (2): cómo crear el mejor nombre en este mismo blog.

@antoleonsan

 

Lo que la comida esconde

Alimentarse es una necesidad básica de todo ser vivo para mantener su metabolismo y construir su estructura celular y orgánica. En el ser humano, además, esa necesidad se hace industria y cultura, economía y política. El modo en que la sociedad se ha organizado para producir y distribuir alimentos es la variable maestra que ha definido cada grupo humano desde los tiempos en que empezamos a considerarnos personas.

Las cosas que comemos, la manera en que las producimos y el modo en que las preparamos, revelan un universo cultural alrededor de la alimentación presente en cada momento de nuestra existencia. Reuniones familiares, comidas de negocios o cenas románticas, nos hablan de una constante tan fuerte como la ley de la gravedad. Puede que no vivamos para comer pero, evidentemente, vivimos comiendo -y gracias a eso- y nuestras actividades cotidianas o extraordinarias discurren a través de banquetes, tapas o bocadillos.

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En 2013 se hizo público que en unas hamburguesas preparadas con destino a media Europa, aparecían restos de caballo. La carne de caballo es comestible, pero en este caso, además de una estafa, resulta tabú para algunas personas. A raíz de este caso se supo que en determinados preparados cárnicos se habían encontrado proteínas procedentes de 10.000 individuos diferentes. Teniendo el mejor jamón del mundo, ¿podemos imaginar un embutido con trozos de 10.000 cerdos?

Este dato puede dejarnos atónitos pero no indiferentes. Como consumidores debemos exigir la excelencia de los alimentos que consumimos y que podamos verificar que compramos lo que dicen que nos venden. Y esto tiene una trascendencia sobre la que convendría reflexionar.

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Somos lo que comemos, cada célula de nuestro cuerpo fue alguna vez un alimento que visitó nuestro estómago. La calidad de lo que ingerimos determina la calidad de nuestro propio organismo, porque tarde o temprano serán la misma cosa. Más aún, la forma en que ese alimento llega a transformarse en nosotros requiere de un sistema de organización social y económica que determina nuestra vida diaria, lo que incluye, por ejemplo, las oportunidades de empleo, el uso de recursos naturales o las políticas públicas que regulan todo lo anterior.

En efecto, los materiales que constituyen los ojos y las neuronas con los que lee este artículo provienen de un antiguo filete o un sabroso cocido, cuyos ingredientes se sujetaron a ciertas reglas de producción, comercialización y uso, todo ello determinado por una cultura milenaria pero también por decisiones de legisladores y gobernantes, responsables últimos de garantizar que la población obtenga la mejor alimentación posible.

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La industria valenciana del sector alimentario ha sido un ejemplo de innovación y adaptación en la producción y distribución de alimentos. Innovación y adaptación que explica que tengamos empresas líderes en este área y la existencia de un amplio censo de cooperativas, con la conexión social y cultural que ello evidencia. A esto se añaden sectores conexos como el químico o el de embalajes así como el papel preponderante del turismo que, a través de la restauración, supone una importante fuente de riqueza y empleo.

La forma en que nos alimentamos dice mucho de nuestra historia como sociedad, de nuestros temores y esperanzas. Habla del estado de la tecnología, de la relación con el entorno y de nuestra forma de entender el mundo. Por eso la paella es mucho más que una receta: es el símbolo de nuestra cultura, la síntesis de miles de años de vida mediterránea, el arquetipo del ser valenciano.

Recuérdelo la próxima vez que disfrute de este símbolo vivo de nosotros mismos.

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Paella de verduras, pato y ajos tiernos. Cullera (Valencia)

 

@antoleonsan

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Artículo publicado en el número de diciembre de 2015 de la revista PLAZA.

Algunos de los aspectos tratados en esta artículo fueron considerados con más detalle en el artículo «Bueno para comer», que puede consultar AQUI<

La demanda paradójica

Una de las leyes económicas más conocidas es la de la oferta y la demanda. Incluso en las sociedades donde se discute su existencia, cimenta el conjunto de las reglas sociales y es uno de los mecanismos básicos del comportamiento humano. Esta fundamental “ley del mercado” se enuncia de manera tan sencilla como se percibe: allí donde crezca la demanda de algo, el precio de ese algo se elevará; y lo contrario para la oferta.

Por simetría, subidas o bajadas de precios determinarán menores o mayores demandas y resultará más o menos atractivo vender por la razón contraria. De este modo, la oferta y la demanda se acaban encontrando en un punto de equilibrio, el precio de mercado.

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No hay ningún misterio en este proceso y todos sabemos que el comprador busca comprar cuanto más barato mejor, mientras el vendedor intenta aumentar su margen vendiendo al mayor precio posible.

Sin embargo, existe una clase de bienes que no sigue este proceder y que se comporta exactamente al revés. Se trata de los bienes Veblen, llamados así por el economista Thorstein Veblen, que los estudió y que teorizó sobre ellos. Un bien Veblen es aquel que se demanda más cuanto más sube su precio y menos cuando éste baja.

Este comportamiento paradójico atenta contra el axioma básico de la economía que veíamos al principio y hace dudar de la universalidad de las leyes del mercado. Y esto nos lleva automáticamente a la gran pregunta sobre sistema basado en el flujo de producción y consumo: ¿por qué compra la gente?

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La explicación clásica es que la gente compra porque obtiene una utilidad de los bienes o servicios que consume. Esta utilidad viene limitada por la cantidad y sobre todo por el precio. Entonces, ¿por qué los consumidores compran ciertas cosas cuanto más alto es el precio? Esto no lo explica la economía sino la psicología y la antropología.

Comprar no solo cumple una función necesaria para el consumo básico sino que responde a la satisfacción de un conjunto de deseos muy amplio que a nivel individual incluye la supervivencia, la salud, el placer, la felicidad, el confort o la inmortalidad. Pero el ser humano es un animal social y el individuo necesita también valores y símbolos que le aporten estatus y significado dentro de esa sociedad.

Los bienes Veblen ­que no se corresponden necesariamente con los bienes de lujo­ son la bandera del éxito que enarbolan sus compradores, el signo de notoriedad que les permite marcar diferencias y ganar respetabilidad, distinción y poder social. Gabrielle Coco Chanel, que de esto sabía bastante, lo definió perfectamente: “El lujo es una necesidad que empieza cuando acaba la necesidad”.

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Se puede pensar que un bien Veblen es algo extraño, una curiosidad estadística desdeñable.

Pues no, todo lo contrario. En cualquier semáforo transitado de una gran ciudad europea, por ejemplo, podrá percibir a su alrededor abundantes bienes Veblen en forma de automóviles, normalmente de marca alemana y precio desorbitado.

No sólo no son una rareza estadística, verá que son muy abundantes y que además son ampliamente deseados. Una oportunidad que explotan las empresas que entienden dónde está el margen y donde el tirón de una demanda que cuanto más paradójica es, más rentable resulta.

En periodos de crisis y pérdida de renta los bienes de mercado “normales” registran caídas en sus ventas pero los bienes Veblen conocen ascensos. Ya saben que desde el inicio de la crisis el número de ricos ha aumentado y en consecuencia la desigualdad, se mida como se mida. Los ricos cada vez son más ricos y la diferencia con los no ricos se hace mayor. Es el terreno abonado para la adquisición de bienes que garantizan que esa desigualdad se reconozca socialmente.

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La mayoría de la población recurre necesariamente a las marcas blancas y el mercadillo pero para la clase pudiente es tiempo de incrementar las compras de vehículos de gama alta, de exclusivos artículos de decoración, de lujosas marcas de ropa y complementos, de conversión de la alimentación básica en sofisticación gourmet y de artículos premium de todo tipo que son más demandados cuanto mayor precio tienen.

Observamos una sorprendente paradoja: es como si en la economía de mercado real quienes más provecho obtienen de ella, menos dispuestos están en la práctica a cumplir sus leyes. Cuando en los medios de comunicación vemos a diario grandes escándalos de dirigentes, políticos y empresarios que se han saltado olímpicamente la legislación penal no debería realmente extrañarnos que no se saltaran lo que no es sino unos axiomas teóricos bastante discutibles.

Luchando aún por salir de la crisis económica, no deberíamos olvidar los años de vino y rosas en que los especuladores se burlaban de quienes invertían en producir y emprender por su baja tasa de retorno a corto plazo.

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Veblen, por cierto, atribuía la demanda de estos bienes paradójicos a la existencia de una clase “ociosa” que, en vez de invertir de manera productiva, dedicaba la plusvalía al consumo de artículos suntuarios.

Llamativo que la gran mayoría de estos productos provengan de esa rica Europa germánica y de moral calvinista que tanta contención y austeridad exige a la pobre Europa periférica del sur.

Un extracto de este artículo fue publicado en el número de agosto de la revista PLAZA

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Economía, ética y la subida del PIB

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Una de las primeras cosas que se enseñan en economía es la existencia de los llamados bienes libres. Ya saben aquellos que, debido a su abundancia, escapan a las leyes económicas básicas de oferta y demanda, producción y consumo. Lo son el aire que respiramos, la luz del sol en el sur o el hielo en las zonas polares. Los bienes libres, que no tienen dueño, ni capacidad de producción, ni restricción de demanda, explican por oposición a los bienes económicos, aquellos que por su escasez deben ser asignados bajo características de precio y cantidad producida y que por tanto forman los elementos básicos de la economía.

Lo que no suele enseñarse en las primeras clases de economía es la existencia de bienes prohibidos. Estos juegan en otra liga.

Un futuro economista estudia, lógicamente, los bienes económicos y si conoce algún modelo de mercado ilegal será en forma de fábula teórica. El crimen no es simpático así que los economistas no tratan la inelasticidad de mercados de drogas o el equilibrio de precios en lupanares. Los asuntos espinosos se suelen dejar para los abogados.Pero, en un momento dado, alguien debió pensar que las cosas no tenían por qué ser así y que el cuadro de mandos de la política económica podría tener miras más amplias. Y qué mejor momento que una crisis económica contumaz.

Es cierto que la historia recoge actividades prohibidas -en otro tiempo plenamente legales- con una gran importancia económica. La esclavitud, por ejemplo, fue una de las atrocidades más lucrativas ocurridas durante la historia humana. Pero ¿eran los esclavos “bienes” económicos?

La economía busca la asignación óptima de los recursos escasos, recursos que se demandan y producen mediante la aplicación de capital y trabajo. Históricamente el trabajo fue realizado por las buenas a cambio de dinero o, forzosamente, mediante latigazos.

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Ver juntos economía y latigazos hace pensar en ética y si la economía y la ética tienen mucho o poco que ver. Sabemos que, pese a los esfuerzos de las empresas con sus estrategias de responsabilidad social corporativa, la percepción popular relaciona inversamente la moralidad con los negocios.

Explica Fernando Savater que ética es el arte de vivir, el arte de discernir lo que nos conviene y lo que no nos conviene. Así que economía y ética compartirían casi una misma identidad: realizar las acciones correctas para nuestro bienestar y nuestra felicidad. ¿Cómo es que se perciben como conceptos antagónicos.

Sin duda el nuevo Sistema Europeo de Cuentas Nacionales y Regionales (SEC-2010) que entró en vigor el pasado 1 de septiembre, no mejorará la percepción ética de la economía. El SEC-2010 es el nuevo estándar obligatorio de la UE para armonizar el cálculo de los indicadores económicos de los estados miembros. Reformulaciones normalmente discretas que saltan a los titulares por un motivo sensible: desde ahora, determinadas actividades ilegales contarán para el cálculo del PIB. En concreto, el tráfico de drogas, la prostitución y el contrabando.

Recordemos que el PIB no se calcula en sentido estricto, sino que se estima. La suma de productos, servicios y transferencias resulta de imposible cómputo real, aunque la Contabilidad Nacional reciba ese pretencioso nombre, de modo que se obtiene mediante procesos estadísticos que destilan una cifra: el Producto Interior Bruto, una cantidad tan mágica como el importe de matrícula del Colegio Hogwarts.

El PIB tiene lo suyo: es el indicador de referencia alrededor del cual giran los resultados y políticas de los gobiernos y la percepción de la marcha de la economía por los agentes económicos y los ciudadanos.

Según el INE, prostitución y tráfico de drogas supondrían un 0,87% del PIB español. La contribución estimada de estas actividades ilícitas equivale nada menos que a 8.900 millones de euros. El cambio contable del SEC -que incluye variaciones en otras partidas como la I+D, o gastos militares- hace crecer el PIB de 2013 un magnífico 2,5%.

La cosa promete. Este incremento instantáneo del PIB acercará el cumplimiento fijado para el déficit, descendiendo del 6,6% al 6,4%. El Banco de España ya ha comunicado que la deuda pública de 2013 pasa del 94,4% al 92,1% del PIB, simplemente porque el denominador es ahora mayor.

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Queda un sabor amargo al leer los argumentos utilizados por las diferentes instituciones responsables de su diseño y ejecución. Según la posición “oficial”, las actividades ilegales suponen un efectivo valor monetario de productos o servicios que no debe ser ignorado en el cómputo global del PIB.

Por prudencia, solo contarán aquellas que no supongan un daño para las personas, pero cuesta pensar que los delitos no causen víctimas, directas o indirectas. Deben calcular que su sacrificio contribuirá a reducir la prima de riesgo. Curioso que luego se escandalicen ante las denuncias de déficit democrático en la UE o el riesgo moral en las decisiones económicas del BCE.

Esperemos que los estados sigan persiguiendo la delincuencia, esa misma que contribuirá al crecimiento del PIB de una Europa no necesariamente más rica pero ciertamente más cínica.

( Artículo publicado en el número 1 de “PLAZA”, la nueva revista de información general y económica del grupo Valencia Plaza y en el Blog de Economistas frente a la Crisis. Noviembre 2014).

Libertad, desigualdad, fraternidad: la causa oculta de la crisis

«No puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando
la mayor parte de sus miembros son pobres y desdichados.»
 Adam Smith. La riqueza de las naciones.

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Una de las manifestaciones más dolorosas de la crisis económica es el empobrecimiento generalizado de la mayoría de la población y la extensión de la pobreza severa a amplias capas sociales. No hay que prestar mucha atención a los medios de comunicación para conocer situaciones, en ocasiones dramáticas, que suceden a conocidos, compañeros, amigos o a nuestra propia familia.

Junto a esto, los ricos aumentan sus niveles de riqueza. Las clases medias se reducen y la desigualdad social aumenta, los ricos más ricos, los pobres, cada vez más numerosos y cada vez más pobres. Una situación alimentada por los numerosos despidos acaecidos tras la última reforma laboral y por otro lado la reducción del gasto social y de las ayudas dirigidas a colectivos desfavorecidos.

Los poderes económicos y políticos han encontrado un culpable de la crisis: las personas. Y por tanto la satisfacción y expurgación de la crisis parece que ha de venir necesariamente por aquellos que también en el imaginario colectivo son siempre los paganos.

Esta imposición moral –e irracional- de castigo acompaña los empecinados mensajes de los gobiernos y organismos dedicados al asunto, insistiendo una y otra vez en la disminución del gasto público y en la “necesidad” de reducir los salarios como principal solución a nuestros males.

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El exceso en este celo llega a tal punto, que en repetidas ocasiones el gobierno se vanagloria de las reducciones salariales -retituladas como «reformas»- mientras saca pecho del aumento de los beneficios y las rentas del capital a cuyos bolsillos no ha dudado en transferir rentas presentes y futuras de los mismos ciudadanos a los que reduce el sueldo. Aunque provoque perplejidad, se hace triunfalismo de una política que reduce la riqueza.

Se alega que siendo más pobres –costes salariales competitivos- la inversión del capital global volverá a España, aumentarán las contrataciones y saldremos de la crisis. Como si la vía china al capitalismo fuera la mejor opción. O la única (1). El gobierno trata de convencernos que si somos más pobres es por nuestro bien: para ser ricos hay que ser pobres antes.

La forma en que han aumentado los impuestos directos y el IVA ha demostrado qué hombros soportan con más dureza el peso de la crisis. Pero al mismo tiempo ni se incrementa el gravamen de las grandes fortunas ni se intensifica la lucha contra el fraude fiscal y sin embargo se pide a los ciudadanos ya exánimes, continuos sacrificios que parecen no ser nunca suficientes. Como el viejo dicho popular, todos somos iguales, pero unos más iguales que otros.

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La explicación de todo esto pasa por la ideología, desde luego. Pero al margen de la ideología, un análisis puramente económico sirve también para entender que la desigualdad siendo resultado de la crisis es también, y en no menor medida, la causa principal que la provoca.

La codicia, como otros instintos humanos, es una fuerza inagotable, solo conoce limitaciones y frenos temporales. Como concepto económico, la ambición no se considera insana, al contrario.

La ideología dominante ha rodeado el concepto nuclear de la codicia bajo el ropaje de que es la fuerza naturalmente necesaria para que se cree riqueza y la prosperidad fluya. Como decía Adam Smith en una de sus citas más conocidas: «No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero que esperamos nuestra comida, sino de la consideración que ellos hacen de sus propios intereses. Apelamos no a su sentido humanitario sino a su amor por ellos mismos…».

Pero como apunta el premio nobel de economía Joseph Stiglitz: «La razón de que la mano invisible a menudo parece invisible es que a menudo no está allí». La sencilla y genial idea-fuerza de la mano invisible ha obrado en la historia de la política económica tanto beneficio como daño. Porque si es cierto que un verdadera libertad de empresa y de comercio sería la maquinaria de la economía, no es menos cierto que la especulación real no busca satisfacer de manera óptima ninguna necesidad efectiva, salvo la de transformar una cantidad de dinero en otra mayor.

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El capital financiero jamás actúa en términos de producción o satisfacción de demandas sociales sino en términos de rentabilidad y riqueza. La rentabilidad de su dinero y la riqueza de sus patrimonios particulares. Esta idea es el pensamiento rector de los agentes protagonistas del sistema económico imperante y, en consecuencia, de todo el sistema global, política y cultura incluidas.

En un reciente artículo el profesor Paul Krugmann se preguntaba acerca de si esta visión del sistema económico era la única visión posible o de si se trataba de una visión pervertida que, descontrolada y acelerada desde principios de los años 80, había sembrado las trampas que ahora se disparan… en forma de crisis bancarias, de deuda soberana y de empobrecimiento de la población.

Krugman, en línea con Stiglitz, atribuye a esta idea-fuerza del neoliberalismo -“solo los ricos crean la riqueza”- el origen de muchos de nuestros males presentes. Una idea fuerza apenas discutida, ni en su concepto básico, ni en sus frutos intelectuales más sofisticados (2).

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La aceptación de que la desigualdad es la situación natural y al tiempo un desideratum ha justificado buena parte de las políticas de los países occidentales de las últimas décadas y los frutos de esa aceptación no han sido ni comprendidos ni advertidos. El suponer que la desigualdad es un axioma hace aparecer un corolario moral: en un mundo donde existen oportunidades abiertas, quien no abraza la fe de la ambición sufre el destino de su pobreza. O dicho de otro modo, los pobres lo son porque se lo merecen.

Aunque en los años de presupuestos públicos suficientes ha existido cierta acción social correctora a modo de fuerza compensatoria, respondiendo a la voluntad de los ciudadanos o como siembra de posibles réditos electorales, la crisis y la quiebra fiscal de los estados evidencia ahora la cruda verdad que anima el sistema.

Se comprueba que los esfuerzos igualitarios son superfluos o prescindibles mientras el núcleo de la idea-fuerza, el que anima el capital financiero, es vital e irrenunciable, hasta tal punto que los escasos recursos del estado en crisis sirven para apuntalar -como supuesto mal menor- el edificio de ese mismo capital.

Ni siquiera una medida tantas veces anunciada como olvidada, el fin de los paraísos fiscales, parece aplicable. Bien porque se argumenta que es utópico e irrealizable bien porque se teme que pueda afectar negativamente al funcionamiento básico del sistema. Escrúpulo este, por otra parte, que casi nunca se manifiesta acerca del deterioro de las rentas salariales y pensiones a pesar de que son la fuente efectiva de la demanda agregada que mueve la economía real.

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Nos hemos ido acostumbrando a que la única libertad efectiva sea la del capital financiero por lo que parece lógico que se liberalice lo común y que ningún rincón de lo público pueda escapar al espacio de la especulación privada; pero al mismo tiempo se dictan normativas más y más opresivas que limitan los ámbitos personales de ejercicio de la libertad así como cualquier tipo de igualitarismo.

Este igualitarismo cae fuera del ámbito del pensamiento económico oficial y no se asimila a la libertad sino al ejercicio de la caridad. Caridad que puede ser llevada a cabo a través de voluntariados, bancos de alimentos o donaciones y que es una loable muestra de empatía y compromiso personal con los otros.

Pero con frecuencia, inconscientemente o no, esta caridad incluye una idea oscura: la de que el sistema ni está diseñado para resolver estas situaciones ni es conveniente que lo esté, pues entraría en conflicto con la idea-fuerza principal. Así que los poderes públicos no deberían actuar en el campo de la caridad (de la igualdad) y por tanto, como en el caso de una desgracia natural, la solidaridad personal –o un seguro privado- serían la única salida.

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La idea-fuerza central no es solo una idea, se manifiesta. Se ponen en marcha leyes en apariencia innecesarias cuyo objetivo es sancionar formalmente la desigualdad real en el trabajo, la sanidad o la educación y que aumentan el rigor de la futura represión y de los muros sociales que pondrá a prueba el aumento de la desigualdad. Es una curiosa paradoja que quienes menos creen en la lucha de clases más la fomenten y más se preparen para ella.

La riqueza es poder. Por tanto la desigualdad de riqueza es también desigualdad de poder e incompatible con el ejercicio de las libertades individuales y de una democracia verdadera, aunque paradójicamente la justificación de la desigualdad se base justamente en la libertad y la democracia. En palabras de J.K.Galbraith: “El conservador moderno está abocado a uno de los más antiguos ejercicios en filosofía moral: la búsqueda de una justificación moral superior para el egoísmo.”

En un artículo reciente el profesor Krugman se preguntaba si, dado que las grandes corporaciones estaban obteniendo importantes beneficios en la crisis, qué sentido tendría que estuvieran interesadas en que la economía saliera de la misma al tiempo que las administraciones se veían forzadas a posicionarse en el mejor podo posible para los intereses de estas corporaciones: débiles y manejables (3).

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Muchos economistas pensamos que la austeridad es austericidio y que la política de recortes aumenta la intensidad de la crisis y sus consecuencias. Incluso el FMI ha llegado a admitir que las cosas habían ido demasiado lejos. Quizás sea tiempo de asumir también que la desigualdad no es solo consecuencia sino también origen y causa directa de la crisis.

Aceptando que la desigualdad es responsable de la situación actual deberemos convenir que todas aquellas políticas en favor de la igualdad de oportunidades y que tiendan a reducir la brecha entre pobres y ricos serán políticas efectivas contra la depresión y el estancamiento.

Por no hablar del alivio inmediato que recibirían millones de personas, emprendedores, asalariados, pensionistas, desempleados o colectivos desfavorecidos, que hoy en día resisten como pueden las inclemencias de esta crisis que dura ya 6 largos años y cuyo final aún no se vislumbra (4).

Aparte de una cuestión de justicia o de principios, la reducción de la desigualdad supone una eficiencia económica superior a la de la desigualdad de manera que al conjunto de la población le interesa por partida doble. Claro que, como advirtió el profesor Galbraith: “la riqueza es el enemigo implacable de la comprensión”.

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[Este artículo fue publicado en el blog de «Economistas Frente a la Crisis» el 20 de enero de 2014.]
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(1) «Why Wage Depression Is Not The Way Out For Spain». Excelente artículo de Manuel de la Rocha-Vázquez publicado en el Social Europe Journal (18/12/2013) y recogido en el blog de “Economistas contra la crisis”.
http://www.social-europe.eu/2013/12/wage-depression-way-spain/

(2) “Por qué la desigualdad es importante” Paul Krugman.
http://economia.elpais.com/economia/2013/12/20/actualidad/1387543778_459984.html

“Rich’s man recovery”. Paul Krugman.
http://www.nytimes.com/2013/09/13/opinion/krugman-rich-mans-recovery.html
“Inequality Is Holding Back the Recovery”. Joseph Stiglitz. http://opinionator.blogs.nytimes.com/2013/01/19/inequality-is-holding-back-the-recovery/
(3) Why corporations might not mind moderate depression. http://krugman.blogs.nytimes.com/2013/12/25/

(4) Aunque al comienzo del escrito mencionaba que no era necesario atender a los medios de comunicación, no está de más tener en cuenta tres breves ejemplos de artículos sobre la situación y previsión de la pobreza y la desigualdad en España:

a) Ilustrando al presidente Rajoy sobre desigualdad, empleo y protección social. Indice de Gini evolución del índice de pobreza y diferencias de renta en España. Barómetro social de España, 11/12/2013. http://barometrosocial.es/archivos/808

b) Intermon Oxfam: «España podría aportar a Europa un tercio de los nuevos pobres en 2025» 18/09/2013. Sala de prensa en http://www.oxfamintermon.org

c) The Huffington Post. Recolección de artículos sobre pobreza y desigualdad. 4T 2013. http://www.huffingtonpost.es/news/pobreza

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