Emic y etic: cuestión de puntos de vista

Los términos emic y etic se han venido utilizando, en el campo de las ciencias sociales y específicamente en la antropología y en las ciencias que estudian el comportamiento desde la segunda mitad del siglo XX, cuando el lingüista  norteamericano Kenneth Lee Pike propuso esta doble denominación.

Su planteamiento es que las palabras pueden tener un doble nivel de referencia o comprensión, uno referido a su significado fonémico (o semiótico) y otro a su significante fonético y del interior de estos dos nombres devienen ambos términos. Una palabra o un término puede entenderse por lo que significa para una comunidad de personas o bien analizarse por su etimología, su sonido y los signos gráficos que la escriben.  En el primer caso estaríamos ante un análisis emic y en el segundo en uno etic.

El análisis lingüístico original evolucionó hacia el análisis antropológico y etnográfico cuando diferentes investigadores sociales, especialmente el antropólogo Marvin Harris, utilizaron estos términos extendiendo su acepción a conceptos culturales más complejos asociados a las conductas y a la interpretación de esas conductas por parte de sus protagonistas, por un lado, y de los investigadores de esas conductas por otro.

Queda claro que en ciencias sociales, emic y etic se refieren a dos tipos de interpretaciones de una realidad descrita y no a la naturaleza de los términos o de la realidad que describen. No hay realidad emic o etic, sino interpretación de la misma bajo un punto de vista u otro. Tradicionalmente la primera percepción de estas nociones al estudiarlas en el ámbito de la antropología era que la visión emic correspondía al punto de vista del nativo mientras la visión etic correspondía a la del extranjero, preferentemente un antropólogo realizando un estudio de campo.

Los elementos clave por tanto para explicar lo emic y lo etic son el agente actuante, el agente observador externo, la actuación o hecho objeto de interpretación y las dos interpretaciones o puntos de vista sobre esa actuación o hecho.

En realidad el agente actuante no tiene por qué ser necesariamente miembro del grupo donde sucede o se relaciona el hecho, puede ser alguien muy distante en el tiempo o el espacio. La clave es que su interpretación sea interna en relación al grupo y especialmente al suceso. Recuerdo, por ejemplo, como un maestro de mi infancia atribuía el terremoto de San Francisco de 1906 a la extensión del vicio y el pecado entre sus habitantes, seguramente influenciado por su propia moral conservadora aplicada a la visión de un famoso clásico del cine. No hubo en aquella explicación ninguna alusión al grado de la escala Richter alcanzado por el seísmo, ni referencia a la teoría de placas tectónicas, ni se mencionó la falla de San Andrés o la teoría de la deriva continental ¿Qué son esos detalles en relación a la influencia del maligno y a la ira de Dios? Un análisis emic absoluto.

Pero, de igual modo, el observador que hemos calificado de externo podría -paradójicamente-  ser también interno, en el sentido de pertenecer al grupo estudiado. No es la pertenencia directa, como hemos visto antes, lo que determina un punto de vista determinado -al menos no necesariamente- sino el enfoque y la interpretación. Por mucho que en circunstancias normales la opinión de un miembro del grupo responderá a la cultura de ese grupo, siempre hay singularidades y genios y podríamos esperar un enfoque etic por parte de algún individuo o individuos de un grupo aparentemente cerrado.

Veamos un ejemplo. Durante la segunda guerra mundial, se libró en Nueva Guinea una peculiar actividad guerrillera entre las fuerzas aliadas y las japonesas que tuvo a los nativos de la isla como particular campo de batalla. En el intento de atraerse a cada bando la ayuda de los nativos, los aliados iniciaron sin saberlo el llamado culto “cargo”, en el que misteriosas naves voladoras traían comida y herramientas que los agentes americanos y australianos repartían entre las tribus de la isla para ganarse sus favores. Los nativos elucubraron que el “cargo” que recibían, estaba relacionado con sus ofrendas en forma de ayuda al rescate de pilotos derribados o a patrullas en la selva. Se desarrolló toda una mitología al respecto, acerca de que espíritus lo proveían, el misterioso lugar de origen, sus poderes, etc. en los términos explicativos de magia y animismo que los nativos utilizaban en su estructura cultural de comprensión del mundo.

Los aliados que descubrieron este conocimiento basado en una interpretación emic, no dudaron en utilizarlo si se adecuaba a sus objetivos. Pero detectaron que algunos nativos, que habían tenido ya contacto con el mundo moderno, adoptaban el culto cargo aunque supieran perfectamente lo que era un avión, un fábrica o un aeropuerto, en un punto de vista típicamente etic (e interesado, podemos añadir).

La distinción emic-etic no depende tampoco de que el suceso que se interprete sea algo puramente social; podría ser un eclipse, un volcán o el ejemplo anteriormente visto de los efectos colaterales de la actividad bélica sobre Nueva Guinea. Pero sí que se convierten en sociales en el momento de su observación e interpretación ya que entonces la cultura del grupo los hace propios al conocerlos e integrarlos.

Emic y etic se  alinean por analogía con otros pares de conceptos similares como subjetividad y objetividad o nomotético e ipsativo, ya que la interpretación emic es una descripción en términos significativos mientras que una interpretación etic lo es en términos observables. Parece evidente la proximidad a un enfoque científico para el concepto etic mientras que el emic se reserva una idea más identificada con la cultura. O lo que parece lo mismo, una aproximación a la verdad universal y objetiva contra una idea subjetiva y vivencial.

Hay que tener en cuenta algo importante acerca de la verdad inherente a las diferentes interpretaciones. Ya que el objeto del estudio es retratar y explicar la realidad social y cultural y no la física, química o biológica, ambos enfoques -el interpretado y el observable- son igualmente aceptables en la fase de recopilación de datos y primera evaluación ya que los dos van a servir para comprender el hecho en su conjunto y la explicación del mismo. Por supuesto, no pueden dejarse de lado los aspectos científicos y puramente objetivos, indispensables en la resolución del análisis completo y de las conclusiones finales, pero no podemos desechar a priori opiniones o enfoques, generalmente del campo emic, ya que podríamos estar perdiendo información fundamental para la comprensión de la realidad y de los comportamientos de los individuos y el grupo, aunque provengan claramente de ideas o descripciones indiscutiblemente irreales e incluso absurdos e ilógicos.

Más todavía, debería evitarse el comprensible e inconsciente sesgo en favor de una interpretación etic basado en esa identificación con la verdad científica, en detrimento del aparente menos serio y fiel a la verdad punto de vista emic. Sería un gran error que hay que evitar cometer. Primero, porque a menudo lo emic y lo etic coinciden, lo que demostraría que ambos enfoques pueden ser correctos desde el punto de vista de la cientificidad objetiva. Lo segundo, porque la interpretación emic suministra un gran volumen de datos e informaciones de decisiva importancia para el análisis, que el enfoque etic no puede aportar. Y finalmente porque todo estudio de lo humano y de los grupos humanos tiene menos valor si prescinde del testimonio y de la experiencia relatada de sus propios protagonistas.

Quizás los ejemplos mostrados arriba puedan ser tachados de extremos o inducir a quien no esté acostumbrado al análisis etnográfico o a estudios de dinámica grupal a pensar en lo emic como un punto de visto cuya subjetividad lo invalida, pero no es así. Es imprescindible recordar que cada dato de significado explica todo un conjunto de informaciones que responde a preguntas acerca de quienes son las personas involucradas, sus razones, su experiencia acumulada y su cultura, datos todos ellos demasiado valiosos para no tenerlos en cuenta.

Muy bien, en teoría explicado y aclarado, pero esta doble interpretación nacida en la lingüistica y la antropología… ¿tiene alguna utilidad práctica para la empresa o la organización?

En principio, aunque alguno se sorprenda, son conceptos y perspectivas que los gerentes y directivos manejan a diario en su trabajo, aunque les llamen de otra manera. Las empresas son personas , como proclama este blog y consecuencia de ello es que las empresas y las organizaciones son una suma de experiencias, de culturas y de interpretaciones personales acerca de situaciones, tendencias y esfuerzos dirigidos a solucionar problemas o desarrollar proyectos. La función de análisis y explicación de situaciones pasa por disponer de datos objetivos pero lo llevan a cabo personas que realizan su aportación mediante sus conocimientos y sus experiencias pero también, y por ello mismo, de manera necesaria a través del filtro de su subjetividad.

No es sólo el campo de los recursos humanos y de la organización donde la doble explicación emic-etic es de utilidad, sino también la del análisis a todos los niveles de la gestión y del desarrollo de planes y acciones por parte de la empresa. La consideración del doble enfoque fonémico/fonético forma parte intrínseca de un adecuado análisis etnográfico cuya definición y beneficios pueden consultarse en este otro artículo.

La confrontación entre ambas “versiones” de la realidad debe aportar un nivel de conocimientos más completo acerca de la situaciones de partida y de decisiva información acerca de como afrontar la determinación óptima de objetivos y el desarrollo del plan correspondiente, ya sea estratégico, de marketing, de diseño, de comunicación, de lanzamiento de producto, de reorganización, de formación, etc. La obtención de información a través del doble enfoque emic-etic supone, por tanto, no solo una necesidad en cualquier análisis riguroso de la empresa y la organización sino que facilita la mejora de su gestión, la consecución de objetivos y la obtención de rentabilidad y beneficio.

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(*) Pinchar en las imágenes nos mostrará el doble enfoque de la realidad

Caníbales y reyes

Cada uno de nosotros guarda en su memoria esos libros que a lo largo de la vida se han quedado marcados en la memoria, que han jalonado momentos especiales, obras cruciales para cada cual que asocia a un descubrimiento o una situación memorable, académica, profesional o personal. O simplemente, que nos llamaron poderosamente la atención.

Uno de estos libros, en mi caso y un poco todas estas cosas, es Caníbales y reyes. Los orígenes de la cultura, que el antropólogo Marvin Harris (1927-2001) había publicado en 1977 y que por circunstancias de la vida, no tuve ocasión de leer hasta más de una década después.

Pocos años antes, había aparecido publicado Vacas, cerdos, guerras y brujas, una obra muy difundida y conocida por su estilo sencillo y divulgativo y por la originalidad y claridad de sus tesis, basadas en el materialismo cultural. No tuve ocasión de leer esta obra hasta después de Caníbales y reyes, de modo que para mí la sorpresa, el descubrimiento y la admiración, se produjeron no en el ambiente de la Europa medieval o la India brahamánica (escenarios de Vacas…) sino en el México del siglo XVI, antes y durante la conquista española.

En paralelo a esta obra y espoleado por su lectura, no pude dejar de recrearme en la obra magistral de Bernal Díaz del Castillo (1496-1584) Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, libro en el que este cronista de las indias describe, de primera mano, personajes y situaciones de la conquista de México (1519) con un detalle histórico singular, casi podríamos decir etnográfico. De igual modo, cabe destacar la detallada biografía de Hernán Cortés llevada a cabo por Salvador de Madariaga y que se extiende especialmente por el periodo de invasión, conquista y colonización de México y que comparte con la obra de Harris una referencia constante a la obra de Díaz del Castillo como fuente historiográfica de primer nivel.

Los capítulos centrales de Caníbales y reyes relatan como las grandes civilizaciones americanas se desarrollaron sin contacto directo con sus contemporáneas de Asia y Europa y este hecho permite observar un verdadero experimento histórico y social de carácter comparativo a gran escala. Este desarrollo llevó a las civilizaciones americanas, entre las cuales la azteca figura como protagonista principal del “experimento”, a la elaboración de unas formas culturales propias y sin embargo, al mismo tiempo, a una evolución paralela que reproducía también pautas similares observables en otros continentes. Por tanto podría investigarse qué mecanismos condujeron a reproducir las mismas formas, en el mismo sentido que podría indagarse la causa de sus diferencias más significativas.

Y lo primero con lo que nos encontramos al entrar en el capítulo del libro dedicado al meollo del asunto y gracias a la peculiar habilidad descriptiva y dramática de Harris, es la sensación de entrar a una película de misterio y aventuras; y es que a pesar de las dulzuras con las que de pequeños nos contaron la historia, el reino azteca era por encima de todo un reino caníbal. Y un reino caníbal no en sentido metafórico, sino una civilización en la que el canibalismo se practicaba de manera institucional, a escala colectiva, adquiriendo una dimensión social y cultural sin precedentes.

En Europa o Asia se producían –antes y después del siglo XVI- espeluznantes y crueles matanzas, guerras permanentes y masacres a lo largo del tiempo, la mayoría de ellas instigadas o perpetradas por parte de los líderes de los diferentes reinos e imperios de Eurasia, pero –y aquí está la diferencia- el canibalismo era tabú y había sido erradicado por toda forma de civilización desde hacía mucho y ninguna cultura post-neolítica la había practicado en modo alguno salvo en circunstancias excepcionales y nunca de manera institucional. En cualquier plaza de Europa, China o Egipto, mucha gente podía acabar quemada, desmembrada o decapitada pero nunca en las parrillas o pucheros de un festín popular. En México sí.

Este hecho tan extraordinario, tan brutal para una conciencia contemporánea (y también del renacimiento) mostraba una desviación cultural remarcable. La tesis de Harris se centraba en postular que la razón de esta desviación no era en absoluto un accidente cultural, una mutación aleatoria del desarrollo de la civilización humana, sino la consecuencia directa de unas condiciones materiales en que la civilización mesoamericana nació, creció y se adaptó a las necesidades individuales y colectivas de un entorno y un momento histórico concreto.

Esta tesis acerca del origen material de un hecho cultural, cuya generalización es el núcleo del enfoque del materialismo cultural, no es el único ejemplo mostrado en el libro. Acompañando al capítulo sobre los aztecas, podemos ver otros en que se describen casos similares que tratan de explicar el origen de la agricultura y la guerra, el surgimiento de la supremacía masculina, el sometimiento de la mujer, el infanticidio femenino y los primeros estados dignos de tal nombre, las explicaciones de determinados tabúes alimentarios –otro de los temas preferidos de Harris, al que guardo especial devoción- una reflexión acerca del concepto sociohistórico de la “trampa hidráulica” y finalmente una reflexión acerca del origen del capitalismo bajo la óptica del materialismo cultural, asuntos a los que espero tener ocasión de dedicar artículos más adelante.

Siguiendo con los aztecas -el tema que nos ocupa- estos convirtieron los sacrificios humanos en un ritual político religioso que alcanzó dimensiones masivas y que se convirtió en el centro de la vida pública del imperio. Muchas tribus americanas, desde Patagonia a Canadá, practicaban rituales de sacrificios humanos, en algunos casos mezclados con canibalismo, especialmente en momentos bélicos o de violencia. Otros pueblos americanos civilizados como los toltecas o los mayas e incluso los incas, en menor medida, practicaron sacrificios humanos. Pero la importancia de estos rituales en el estado azteca fue in crescendo con la expansión del propio imperio y el desarrollo de su cultura, conforme su población fue aumentando, fue adquiriendo nuevos territorios y sus guerras con ciudades y reinos rivales fue adquiriendo una escala imperial considerable.

Los españoles que iban con Cortés, agasajados al principio por Moctezuma, observaron horrorizados los rastros de sangre y muerte que jalonaban los centros ceremoniales de Tenochtitlán, la capital. Como cuenta Bernal Díaz del Castillo, en la plaza de Xocotlán “había pilas de cráneos humanos dispuestos con tanta regularidad que uno podía contarlos y los calculé en más de cien mil. Vuelvo a repetir que había más de cien mil”, enfatiza para que no quede duda del número. Andrés de Tapia, otro cronista de las expediciones de Cortés y uno de sus capitanes más fieles, describe una inmensa estructura de postes en los que contaron 136.000 cabezas así como dos torres elevadas construidas con cráneos y mandíbulas humanas unidas con cal y cuyo número total resultaba incalculable. Como les manifestaron los propios aztecas y los mismos españoles comprobaron, algunos literalmente en su propia carne, el destino de estos sacrificios era el de suministrar proteína humana para su consumo por parte de la población, una vez descontada la parte simbólica consagrada a los dioses.

Para los aztecas, este sistema de matanza organizada se convirtió en una obsesión que iba más allá de un exacerbado sentimiento religioso de modo que la guerra, que en un principio era el mecanismo de conquista y expansión, pasó a convertirse en la forma de provisión de carne y sangre humana para ofrecer a sus dioses… y a alguien más. Hasta tal punto influía esta forma de guerra y ritual, que los españoles se aprovecharon de la  tradición azteca de matar lo menos posible en el campo de batalla, ya que ellos buscaban obtener el mayor número de cautivos vivos y no entendían el afán de los españoles de vencer en combate a base de matar a cuantos más enemigos mejor. Y ahí viene la clave: ¿era este frenesí por los sacrificios humanos el mandato pervertido de una religión degenerada, un capricho evolutivo de la civilización azteca o por el contrario obedecía a una razón material que tenía su propia lógica social y económica?

Sherburne Cook, estudioso de la dinámica de las poblaciones precolombinas, apostó por esta última opción y sostuvo la imposibilidad de un sistema así que no se sustentara en una causa económica o material, que achacó a un mecanismo de regulación del crecimiento demográfico. Harris cuestiona que fuera esto la causa, ya que la mayoría de las víctimas eran hombres y resulta mucho más eficaz regular la demografía a base de reducir la capacidad reproductiva que radica en la mitad femenina, mejor que en la masculina. Para Harris no debía ser la regulación demográfica, sino la propia regulación del sistema productivo que garantizaba la reproducción social y la supervivencia en un entorno concreto.

La transición del modelo de caza y recolección al neolítico había significado el desarrollo de la agricultura y la ganadería. Esto se tradujo en la aparición de mercados y ciudades y con el tiempo, de los primeros estados. En función de las técnicas agrícolas conocidas por cada civilización y del medio ambiente en el que cada una de ellas creció, se desarrollaron sistemas productivos basados en determinadas especies vegetales. Simplificando, el arroz en Asia, el trigo y otros cereales en Mesopotamia y el Mediterráneo oriental, el maíz en América y en la región andina, además, la patata.

Pero Mesoamérica tenía una particularidad específica respecto a las otras áreas donde habían aparecido civilizaciones en el mundo: carecía de la presencia de grandes mamíferos o de mamíferos que pudieran ser utilizados en la ganadería a gran escala, cosa que sí ocurrió en el resto. En Mesoamérica no había vacas, ni bóvidos, ni caballos, ni ovejas o cabras, ni cerdos, ni llamas ni vicuñas. La fauna y megafauna había desaparecido de la región por causas ecológicas o por el agotamiento debido a su caza intensiva. De acuerdo a las crónicas directas de Bernal Díaz del Castillo y de otros cronistas, la oferta de carne de las clases nobles de México se concretaba en gallinas y pollos, patos, pavos, perdices, codornices, faisanes, conejos, cobayas y en algunos casos ciervos, perros y otros animales pequeños. Las clases inferiores no alcanzaban a estos manjares, escasos y caros. En la mayoría de los casos esos animales eran obtenidos de la caza -en creciente dificultad conforme se extendían las ciudades- y sin que existiera la capacidad de criar grandes rebaños capaces de alimentar una población cuya propia dinámica le llevaba a una constante expansión al límite malthusiano.

La tesis central de Caníbales y reyes es que la razón de que su sistema productivo recurriera a la antropofagia como medio de aprovisionamiento de proteína humana, se debió a que era la única realmente factible en ausencia de otra fuente animal suficiente. Pero entonces, ¿cómo explicar que las civilizaciones del viejo mundo que se encontraran en situaciones similares no recurrieran también al canibalismo sino que por el contrario lo declararan tabú junto con los sacrificios humanos?

La explicación nuevamente nos lleva a las características específicas de la región mesoamericana. Bajo el impacto de una presión demográfica continua y creciente que llevó a un agotamiento de recursos, donde maíz y frijoles solo eran suficientes en ausencia de sequías y donde llegaron a aprovecharse hasta las algas del lago Texcoco, la utilización de carne humana como proteína se plantea en términos de coste beneficio, a falta de otras alternativas más baratas. Y la bomba se acabó de cebar con una estructura política con la que ese sistema se potenciaba mutuamente.

Dejemos para el razonamiento final un extracto del libro, en las palabras exactas de Harris:

“¿Es posible que la redistribución de la carne de las víctimas de los sacrificios haya mejorado significativamente el contenido de proteínas y de grasas de la dieta de la nación azteca? Si la población del Valle de México era de dos millones y la cantidad de prisioneros disponibles para la redistribución por año sólo ascendía a quince mil, la respuesta es negativa. Pero la cuestión está mal planteada. La pregunta no debería plantear hasta qué punto estas redistribuciones caníbales contribuían a la salud y la energía del ciudadano medio, sino hasta qué punto los costos y beneficios del control político experimentaron un cambio favorable a consecuencia de utilizar carne humana para recompensar a grupos selectos en períodos cruciales. Si un dedo de la mano o del pie era todo lo que uno podía esperar, probablemente el sistema no habría funcionado. Pero si la carne era suministrada a la nobleza, los militares y sus acólitos en paquetes concentrados, y si la provisión era sincronizada para compensar los déficit del ciclo agrícola, quizá la coyuntura habría sido suficiente para que Moctezuma y la clase gobernante evitaran la caída política. Si este análisis es correcto, debemos considerar sus implicaciones inversas, es decir, que la disponibilidad de especies animales domesticadas jugó un papel importante en la prohibición del canibalismo y en el desarrollo de religiones de amor y misericordia en los estados e imperios del Viejo Mundo. Incluso es posible que el cristianismo fuera más el don del cordero en el pesebre que el del niño que nació en él”.

Al margen de debates y conflictos -extendidos e intensos en toda ciencia social y especialmente en antropología, quizás por su cercanía al propio ser humano- lo que aprendí de Caníbales y reyes fue justamente a seguir la pista de su subtítulo: “los orígenes de la cultura”, aunque tuviera reducido el plural respecto al inglés original, the origins of the cultures. Y de cómo es posible plantear un análisis y una investigación para tratar de determinar que aquello que pensamos o que pensaron otros, y que hacemos o hicieron, tuvo su origen en adaptaciones para la supervivencia y las soluciones que una sociedad construye en un ecosistema determinado.

La cultura como forma

La evolución biológica de los organismos les lleva por adaptación evolutiva al desarrollo de determinados elementos constitutivos y a la adopción de determinadas formas externas. No es lo mismo un gorrión que una avestruz, aunque ambas especies pertenecen a un mismo género, el de las aves. Ni es lo mismo un roble que una orquídea, aunque ambos vegetales comparten elementos esenciales comunes y por eso las conocemos a ambas como plantas. La forma exterior de los seres vivos es una respuesta de los mismos – de la información recombinada de su ADN- al entorno y a la vida.

De manera equivalente, la cultura es la forma que adopta la proyección de las ideas, pensamientos y creencias que estructuran la vida de los seres humanos. Hay una cultura instrumental, ligada directamente a la manera en que la lucha por la supervivencia se ha ido materializando durante miles y miles de años y que constituye la base de nuestras sociedades, nuestra forma de afrontar los retos de la existencia. Y hay una cultura más abstracta, cuya forma está menos ligada a instrumentos o a objetos físicos y más a conceptos e ideas, que en la práctica funcionan como herramientas del pensamiento. Éstas, habitualmente, se han forjado como evolución o derivación de las herramientas de la cultura instrumental aunque con el paso del tiempo ambas formas se han entrelazado de tal manera que a menudo se hacen prácticamente indistinguibles y muy compleja su singularización.

Esta confusión es la que con frecuencia produce el efecto perverso de considerar como real, lo que solamente es fruto de la acumulación de experiencias en el mundo de las ideas. Y es que la cultura es realmente esto, el desarrollo y aprendizaje de una sucesión de experiencias filtradas por nuestra interpretación. Cuando los elementos culturales tienen relación con los aspectos instrumentales, el contacto con las cosas concretas, su uso y verificación hace que resulten más ajustados a la realidad. En la medida que se alejan de este aspecto instrumental y viven en el mundo de la abstracción –por mucho que parezcan estrechamente ligados a la realidad- se vuelven más inciertos y fantásticos (por oposición a verdaderos).

Lo importante a destacar aquí es que este carácter no los hace menos verdaderos para las personas, que en muchos casos los darán por ciertos con más intensidad que la propia realidad que tienen ante sus ojos, ya que la clave es la interpretación. Ésta es, su vez,  consecuencia de la percepción individual, pero también y muy especialmente de la educación y de la socialización.

Y esto nos lleva a una importante cuestión, a tratar en una reflexión posterior:  ¿por qué la gente cree en lo que cree?

Manos dibujando – Mauritis Cornelius Escher (1948)